Sus ojitos azules no sabían mentir bien, Aviva llegaba a los cielos a la vez que se dejaba invadir por el aroma de las rosas. Era capaz de llegar a la luna mientras sus mejillas se ruborizaban nada más con el contacto de sus mismas manos. Con ese contacto y con sus latentes recuerdos de lo que le había pasado.
No, ella tampoco era de revelar cosas suyas, prefería ocultar su emoción mordiendo la tela de su almohada y llorarle de júbilo a la vela negra de su habitación antes que contárnoslo a nosotros. Así que esto que a continuación intentaré relatar no me lo dijo Aviva… sino un pájaro de barro que un buen día aprendió a volar.
Aviva no salió de ninguna canción de Maná, ni de los poemas de Neruda, era una chica más real aún. Más real que los cuentos inverosímiles de mi vecina cuyo supuesto ex marido perdió el testículo en la Guerra Civil. Era una chica que de vez en cuando soñaba con el susurro de los versos de un caballero, aunque cada mañana, al despertar, vislumbraba su poster gótico colgando en el techo de su habitación de típica chica del siglo XXI.
A su vez, existía por algún rincón cerca del barrio un supuesto cabroncete, digno de halagos femeninos, lleno de envidias masculinas. Todo un aventurero de ojos del color coca cola y buen corazón, pero nadie contaba con su astucia, cómo no! Hablamos de tiempos actuales, donde los prejuicios son la base moral de muchas personas del entorno.
Digamos que el pájaro de barro se ha dejado varios detalles en el aire… No puedo decir la hora exacta, pero aquel día el crepúsculo acompañó una velada inolvidable entre Aviva y el apuesto chico de barrio. La tarde con toda su sabiduría sabía que se habían estado buscando desde hacía mucho tiempo. . Ella desde su habitación oscura estaba esperando oír de cerca los latidos del corazón de un aventurero, quien desde hacía mucho tiempo había soñado con regalarle las estrellas a aquella, cuyo corazón endurecido, ya no creyera en la magia. Con sus diferencias y casualidades, con palabras y gestos, con sentimientos y caricias, se amarían de por vida, pero ellos aún no lo sabían. En el instante que sus miradas se encontraron, se sintieron invadidos por el deseo de descubrirse el uno al otro.
Buscando momentos constantes, escusas perfectas, poetas muertos y conciertos venideros, compartían las tardes de vuelta a casa después de las clases. Durante el otoño las hojas secas cubrían las calles de la ciudad creando un ambiente romántico. El reflejo de los tímidos rayos de sol sobre las hojas muertas y ahogadas por gotitas de lluvia, acompañaron a la pareja durante aquel trimestre. Cuándo los árboles ya habían quedado sin rastro de hojas verdes, la nieve se había encargado de decorarlas mientras aquella pareja de amigos indecisos seguían compartiendo el camino a casa.
Y es aquí, a finales de la primavera, cuándo el pájaro de barro vio a Aviva llorar sin razón alguna, preocupado por el estado de la pequeña llorona, el pájaro, cuyas alas le pesaban más que la conciencia, dio sus primeros aleteos con el fin de encontrar ayuda. Y si no conseguía ayuda para ella, el ave se contentaba con saber qué le pasaba.
Resultó que, en el festival de las rosas y las flores , Aviva ya tenía más que claro lo que sentía por él. Entre sus sábanas amarillas y la tibia noche anterior, había llegado a la conclusión de que él era para ella sin lugar a dudas. No tenía miedo, porque estaba él. Sabía que no solo disfrutada de las conversaciones con el chico, sino que cada palabra suya era como un antídoto para su duro corazón, que cada sonrisa que lograban dibujar sus labios, hacían que sus extremidades se debilitaran, que cuando él la tenia de la mano… ella descuidaba de sus pies, ¡Le pesaban de nervios los pies nada mas mirarle!. Si a eso no llamamos fobia hacia el chico, lo que ella sentía era amor, y del bueno.
Había llegado el momento pues, de revelar sus íntimos secretos de almohada. Decidida y con trident mora en la boca, esperó al susodicho en la esquinita de sus encuentros. Y siguió esperando, y esperó media hora más …. No se asusten… el chico llegó . Y si ella estaba algo nerviosa, él era el nervio encarnado. Cuán grande eran sus deseos de verla y tenerla entre sus brazos, respirando el mismo aire cómplice y enamorado de la escena, que el cabroncete nada más verla se lanzó hacia ella con un abrazo físicamente fuerte, pero que emocionalmente sabía a poco. Enredó los pequeños tirabuzones castaños de la chica entre sus dedos largos, la miró con una sustancia distinta en el cuerpo. La besó! La besó y la besó hasta que sus labios desgastados empezaron a saborear lágrimas de alguien. Lágrimas de él. Con su amor confesado en el aire y sus maletas hechas en casa, le quedaba sólo esa tarde para coger el vuelo a Argentina y encontrarse con su demás familia en Buenos Aires.
El pájaro no me contó lo que vio aquella tarde en la habitación de Aviva, pero mi mente sucia me permite aventurar e imaginármelo. Sólo sé que habían rosas por doquier y que el aire de la habitación se respiraba distinta a la de ayer. Él con su “adiós” y ella con su “mi corazón te espera” se despidieron en esa misma habitación aquella tarde. El cielo, al que Aviva tanto había deseado subir, acogía a su chico entre las nubes, en un incómodo asiento de avión. El mismo cielo que le devolverá a su amor un mes después. Él no se fue para no volver. En tiempos actuales no se veranea por tanto tiempo.
Ahora el pájaro de barro está de camino a casa de Aviva, más calmado de lo que parecía esta mañana, dispuesto a acompañarla mientras ella contempla la luna. Por lo menos durante un mes. Y después…. Pues ya se verá.
KrN